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La historia del DJ en México: de las discotecas a la cultura sonidera


¿Sabías que la figura del DJ en México tiene sus raíces tanto en glamorosas discotecas como en bulliciosos barrios populares? Desde los clubes de Acapulco en los años 60 hasta los bailes sonideros en las calles de la Ciudad de México, el arte del DJing mexicano ha evolucionado en paralelo por dos caminos muy distintos pero entrelazados. En este recorrido exploraremos los primeros DJs de cabina y su conexión con géneros como el disco, funk, reggae, hip hop y cumbia, al mismo tiempo que veremos surgir la cultura sonidera – una versión local del DJ de barrio – con su sonido callejero y sabor tropical.


También conoceremos la evolución tecnológica (de tornamesas y casetes a controladores digitales), las influencias internacionales frente a los elementos propios mexicanos, los personajes clave de ambas vertientes (desde legendarios club DJs hasta sonideros icónicos como La Changa o El Cóndor), y cómo todo este movimiento impactó la cultura urbana del país, trascendiendo hoy a plataformas como YouTube y redes sociales. Prepárate para descubrir datos curiosos y momentos poco conocidos de esta fascinante historia que seguro te sorprenderán. ¡Comencemos la fiesta! 🎶




Los pioneros del DJ mexicano: discotecas, funk y mucho disco (años 60–70)


La escena del DJ en México inició en los años 60, muy ligada al auge de las discotecas de música soul, funk y disco. La que se considera la primera discoteca moderna del país fue Tequila a Go Go en Acapulco, inaugurada en 1966. En aquellos años, Acapulco era un destino turístico internacional de moda, y su vida nocturna sentó las bases de la cultura DJ en México. Poco después surgieron clubes en la Ciudad de México – especialmente en la Zona Rosa, zona de moda de la capital – como el legendario Zucca. En este ambiente floreció el que muchos reconocen como el primer DJ mexicano profesional, Luis “El Drácula” Ortega, quien en 1974 fue el DJ inaugural de la famosa discoteca Baby’O en Acapulco. En esas cabinas pioneras no existían aún las mezcladoras modernas ni las tornamesas Technics 1200; los DJs se las arreglaban con tornamesas pesadas (marcas como QRK o Thorens) conectadas a amplificadores de bulbos, y mixers rudimentarios Shure o Sony adaptados, muchas veces ¡sin audífonos!. Así, a puro oído y sentimiento, estos primeros DJs de México aprendieron a mezclar manualmente, introduciendo por primera vez los vinilos importados de funk y música bailable europea al público nacional.


En la Ciudad de México, la cultura del DJ también prendió en clubes urbanos. Para 1972 ya existían lugares como Nepenta (en la colonia Juárez), donde se dice que por primera vez en México se usaron las entonces nuevas tornamesas Technics 1100 La Zona Rosa capitalina y el puerto de Acapulco se convirtieron así en “escuelas” paralelas para los DJs: la primera atendiendo a un público cosmopolita local, y la segunda trayendo las últimas tendencias gracias al flujo de turistas internacionales. De hecho, Acapulco llegó a ser llamada “la capital de la música bailable en Latinoamérica” por el nivel de sus clubes en esa época.


Para mediados de los 70, los DJs mexicanos ya comenzaban a ganar reconocimiento fuera del país. Un dato interesante: en verano de 1976, representantes nacionales asistieron al primer foro internacional de DJs organizado por la revista Billboard en el hotel Hilton de Nueva York, marcando la entrada oficial de México al circuito global del DJ. Y en 1974, la industria discográfica local lanzó el primer disco promocional pensado exclusivamente para DJs – “More, More, More” de Andrew Connection – reconociendo el poder que tenían estos nuevos “pinchadiscos” para convertir una canción en éxito de baile.


Mientras tanto, otros ritmos comenzaban a permear en la escena. A finales de los 70, el reggae y la cultura sound system jamaiquina también hacían eco, sobre todo por su similitud con lo que ocurría en barrios populares de México. Al igual que en Jamaica con sus enormes bocinas callejeras, aquí se gestaba un “DJ de barrio” que animaba fiestas vecinales con música tropical. De hecho, el fenómeno sonidero mexicano comparte raíces con esos sound systems jamaiquinos surgidos en los años 50. Y hacia los 80, otra influencia internacional llegaría: la cultura hip hop. Los primeros destellos del rap y el breakdance en México aparecieron a finales de los años 80, gracias a jóvenes que traían discos y casetes de Estados Unidos, inspirando a una nueva generación de DJs a practicar el scratching y mezclar beats de rap. Si bien el movimiento del rap mexicano despegaría en los 90, ya para 1988 algunos DJs locales experimentaban con tornamesas al estilo hip hop en block parties y pistas de baile underground. Géneros como el electro-funk y el breakdance se escucharon en plazas públicas, mostrando que el DJ mexicano no solo ponía disco y funk, sino que absorbía cualquier ritmo bailable global.




El barrio suena: nacimiento de la cultura sonidera (cumbia, salsa y reggae en los barrios)


Paralelo al brillo de las discotecas, en los barrios populares surgió desde los años 50 y 60 una forma local y comunitaria de DJing: los sonideros. Un sonidero es básicamente un DJ de barrio, animador y dueño de un equipo de sonido móvil, que organiza bailes callejeros masivos con música tropical. Antes de que siquiera existiera la palabra “DJ” en México, a estos pioneros se les llamaba tocadiscos. ¿Quién fue el primer sonidero? Aunque no hay un consenso absoluto, un episodio poco conocido coloca a una mujer como la gran precursora: Guadalupe Reyes Salazar, apodada “La Socia”. En 1965, en el corazón del barrio bravo de Tepito (Ciudad de México), La Socia improvisó una fiesta al rentar la consola de sonido que su difunto padre había dejado. Con solo dos discos de vinilo de La Sonora Matancera (prestados por amigos) puso música en una celebración del 15 de septiembre en la vecindad Casa Blanca de Tepito. El éxito fue tal que pronto la llamaban para amenizar fiestas todos los días, de lunes a domingo, llenando las calles de bailarines de distintas colonias. La Socia literalmente “puso a bailar a Tepito” en los 60, convirtiéndose en la primera sonidera del país. Su colección musical creció gracias a contactos especiales – por ejemplo, un miembro de La Sonora Matancera le regalaba discos exclusivos difíciles de conseguir, lo que hacía sus bailes aún más atractivos.


A finales de los 60, inspirados por La Socia, otros jóvenes de barrios populares iniciaron sus propios sonidos (como se les empezó a llamar). En 1968, Ramón Rojo Villa, un joven de Tepito, fundó Sonido La Changa, nombre que tomó de un personaje de radionovela popular de la época. Al comienzo, Ramón contaba con un equipo muy modesto: una sola tornamesa, un amplificador de bulbos Radson y un par de bocinas “trompetas”, pero muchas ganas de ambientar fiestas.Junto a otro pionero, Roberto “El Rolas” Herrera, La Changa introdujo una de las características más distintivas de los sonideros: intercalar saludos y mensajes al público encima de la música en vivo. Esta forma de animar, gritando “¡súbele, súbele!” o dedicando canciones a barrios y hasta a familiares en Nueva York, se volvió sello de la cultura sonidera. Los sonideros no solo ponían discos, creaban comunidad: hacían que los asistentes se sintieran parte del show al escuchar su nombre o su colonia mencionada por el bocinero principal.


Hacia los 70, la fiebre sonidera se extendió por vecindades y colonias populares de la Ciudad de México. Barrios como Tepito, San Juan de Aragón y Peñón de los Baños fueron semilleros de estos bailes masivos. En el Peñón de los Baños – cerca del aeropuerto capitalino – los hermanos Perea formaron dos de los primeros sonidos con nombre propio: Sonido Fascinación y Sonido Arcoíris, dedicados a tocar cumbias, salsas y guarachas traídas del Caribe y Sudamérica. En la misma colonia, la familia Cruz fundó Sonido Las quince letras (después llamado Sonido Estrella). Estas fiestas al aire libre eran el “baile del pueblo”: con poco presupuesto pero mucho ingenio, colocaban bocinas en los patios o calles y hacían vibrar a la gente con la música tropical del momento. Cumbia, guaracha, salsa, son montuno, porro, merengue – todos esos ritmos llegaban en vinilos importados de Colombia, Cuba, Venezuela – y los sonideros los adoptaban como propios. De hecho, la influencia colombiana fue tan fuerte que al Peñón de los Baños se le apodó “La Colombia Chiquita” en el ambiente sonidero. Cuenta la anécdota que en 1981, durante un baile en ese barrio, el músico colombiano Policarpo Calle exclamó emocionado: “Para mí estar en el Peñón es como estar en mi tierra; el Peñón de los Baños es como una Colombia chiquita”, dejando bautizado el lugar. No es casualidad entonces que muchos sonideros adornen sus eventos con banderas de Colombia o nombres alusivos a ese país.



La cultura sonidera se volvió un fenómeno social urbano enorme. En vecindades y calles, las tocadas servían para fomentar la convivencia y hasta limar asperezas entre barrios. Los sonideros se convirtieron en referentes de la identidad barrial: cada sonido representaba orgullosamente a su colonia o municipio (existía un sentido de territorio sonidero). Además, a diferencia de los DJs de club (que tocaban en salones privados o antros), el sonidero estaba ligado intrínsecamente al espacio público: sus bailes eran en la calle, en plazas o patios comunes accesibles a todo el mundo. Esto permitió que la música llegara a quienes no podían costear entradas a discotecas elegantes; en el barrio, la cumbia y la salsa eran gratis y para todos. Para finales de los 70, ya había decenas de sonideros operando en la Zona Metropolitana del Valle de México (Naucalpan, Neza, Ecatepec, etc.), sentando las bases de un movimiento que hoy forma parte del folclor capitalino.






Guerra de sonidos en los 80: sonideros vs. discomóviles


Los años 80 vieron consolidarse tanto a la escena sonidera tropical como a una vertiente distinta de DJs: las llamadas “disco-móviles” o sonidos de música disco. Inspiradas precisamente en el éxito de los sonideros, algunas compañías de jóvenes ingenieros y entusiastas formaron sonidos móviles dedicados al disco, pop electrónico y high energy, llevando las luces y bocinas de la discoteca al barrio pero con otro estilo. La diferencia principal era el género musical: el sonidero ponía cumbia y salsa, mientras que la disco-móvil tocaba música anglosajona (disco, Hi-NRG, etc.) imitando más de cerca a los DJs extranjeros. Básicamente, la disco-móvil simulaba una discoteca en la calle, muchas veces con equipo más sofisticado, pero sin la tradición de los saludos tropicales.


Algunos de los primeros sonidos disco-móvil en la Ciudad de México fueron Baby O (homónimo de la discoteca acapulqueña), UBQ, Sound Set, Banana, Wells Fargo, Madness o París. Estos colectivos organizaban bailes masivos donde competían en calidad de audio y espectáculo, lo que dio pie a memorables “guerras de sonidos” a finales de los 70 y principios de los 80. Los creadores de discomóviles, al venir muchos de formación técnica, incorporaron adelantos de audio e iluminación más rápido que los sonideros tradicionales. Por ejemplo, montaban luces robóticas, láseres, plataformas elevadas y enormes estructuras de bocinas para impresionar al público. En poco tiempo, la escena de la música disco bailable en México tuvo a sus propios gigantes del barrio.

El más famoso de ellos fue sin duda Polymarchs, fundado a finales de los 70 por Tony Barrera (junto con Apolinar y María Barrera). Polymarchs se convirtió en el ícono del género High Energy en México durante los 80, llevando ese subgénero acelerado y electrónico a una popularidad masiva. Sus presentaciones eran verdaderos espectáculos multitudinarios: montaban shows en lugares como la Arena México o la Alameda Central, reuniendo a miles de jóvenes de todas las clases sociales en torno a la música disco y Hi-NRG. Canciones eurodisco como “Take Me Now” de Vanelle o “Living on Video” de Trans-X se convirtieron en himnos generacionales en México gracias a los mixtapes de Polymarchs. Era una revolución cultural: por primera vez la música electrónica (disco, synth-pop, italo) salía de los clubes fresas y se vivía en plazas públicas al aire libre, al alcance de cualquiera. Tony Barrera, con su carisma y destreza en las tornamesas, alcanzó estatus de estrella. Polymarchs también profesionalizó el circuito de DJs al asociarse con disqueras (como Discos Musart) para lanzar cada año LPs compilatorios de sus mezclas más populares – esas cintas y discos se vendían como pan caliente entre la juventud, convirtiéndose en el soundtrack de fiestas caseras en todo el país. No solo difundieron el High Energy; definieron una estética sonora y visual que permanece en la memoria colectiva.


Otro nombre legendario de esa época es Patrick Miller – alias de Roberto Devesa – quien comenzó también en los 80 difundiendo el Hi-NRG. Patrick Miller organizaba bailes sin animadores ni grupos de baile, pero con mezclas impecables y selecciones vanguardistas, enfocándose en el performance del DJ y la música misma. Con el tiempo estableció su propio club/evento semanal en la Ciudad de México, que hasta la fecha congrega a fieles amantes del sonido retro electrónico de los 80. En el ambiente sonidero tropical, por su parte, surgieron nuevas figuras emblemáticas en los 80: Ramón Rojo La Changa creció hasta reinar en los bailes de Neza y el oriente de la capital, y Arnulfo Aguilar, con su poderoso Sonido Cóndor, debutó en 1980 haciéndose famoso por su estilo potente y su slogan “El gigante de la Colonia Argentina” (en alusión al barrio de la ciudad donde nació su sonido).


Sonido Cóndor y La Changa entablaron una sana rivalidad, protagonizando bailes mano a mano que la banda sonidera recuerda con cariño (por ejemplo, sus legendarios duelos musicales en 1992 y otras fechas memorables). También destacaron Sonido Rolas, Sonido Sonorámico (de Manuel González), Sonido Pancho (de Francisco González), entre muchos otros. Los sonideros más populares comenzaron a recibir reconocimientos de disqueras por su labor difundiendo la música tropical: en los 80, sellos como Discos Peerless y la colombiana Discos Fuentes premiaron a varios sonidos con galardones tipo “Tequendama de Oro”. Para finales de los 90, ya había toda una “industria sonidera” con productoras de audio, estudios que editaban cumbias sonideras y un circuito de bailes estable en la capital y otras ciudades.


Interesantemente, ambos mundos – el sonidero tropical y el discomóvil electrónico – aunque parecían separados por el género musical, en realidad eran expresiones hermanas de la cultura urbana mexicana. Tanto es así que se reconoce que el fenómeno High Energy en México derivó directamente de la tradición sonidera, solo que aplicando el formato del baile callejero a la música disco en lugar de cumbia. En otras palabras, sin los sonideros abriendo brecha en barrios desde los 60, quizás Polymarchs y compañía no habrían imaginado llevar sus bocinas a la calle. Ambos movimientos crearon espacios de esparcimiento únicos: uno con sabor tropical y el otro con beat electrónico, pero en esencia cumpliendo la misma función social – hacer bailar al pueblo.






De tornamesas y casetes a la era digital: la evolución tecnológica


En cinco décadas, la tecnología para DJ ha avanzado a pasos agigantados, y México ha vivido cada etapa. En los inicios, tanto los club DJs como los sonideros dependían del vinilo: enormes tornamesas manuales y maletas repletas de discos LP o sencillos de 45 RPM. La Changa, por ejemplo, comenzó con vinilos de 7 pulgadas y equipo analógico muy básico a finales de los 60. Hoy en día, ese mismo sonido opera un sistema de audio colosal de 50 toneladas de equipo profesional (bocinas, amplificación e iluminación), que traslada en dos tráileres para montar escenarios enteros. ¡Vaya salto tecnológico! En los años 70, las novedades eran tener una mezcladora dedicada (los primeros mixers consolidados llegaron hacia finales de la década) y tornamesas más precisas con control de pitch. Modelos como las Technics SL-1100 y posteriormente la famosa Technics SL-1200 MK2 se volvieron estándar de los DJs en México desde inicios de los 80. Muchos sonideros veteranos recuerdan cuando pudieron comprar sus primeras 1200s: la diferencia en la estabilidad del plato y la facilidad para hacer mezcla continua fue revolucionaria.



En los años 80, además del vinilo, entró en juego el casete. Aunque no se usaba para “mezclar” en vivo (era complicado rebobinar una cinta en una fiesta 😅), los casetes fueron cruciales para grabar y difundir las sesiones de los DJs. Era común que los fans grabaran en casete los bailes de su sonido favorito o las presentaciones de Polymarchs, para luego intercambiar esas cintas. Estas grabaciones piratas se convirtieron en tesoros culturales: gracias a ellas la música y el estilo de un DJ viajaban lejos, mucho antes de internet. Polymarchs, de hecho, lanzó oficialmente muchas de sus mezclas primero en casete y luego en CD, vendiendo miles de copias que llevaron el high energy a fiestas en todo el país. Los sonideros igualmente hacían compilaciones de sus mejores cumbias en casete para regalar o vender entre el público asistente. Hacia fines de los 80, aparecieron los CDs y poco después los primeros reproductores de CD para DJs. En un inicio, muchos puristas siguieron fieles al vinilo, pero poco a poco algunos adoptaron los Pioneer CDJ, que a mediados de los 90 permitían simular el pitch y algunas técnicas de vinil. Esta transición vinilo → CD → MP3 se dio gradualmente en México. Para los 2000, la nueva generación de DJs ya cargaba con carpetas de CDs además de discos, y pronto con laptops llenas de archivos MP3. Software como Virtual DJ, Traktor o Serato se colaron en las cabinas, facilitando mezclas automáticas y ampliando las posibilidades creativas.

Los sonideros tampoco se quedaron atrás: con la disponibilidad masiva de equipo en el centro de la Ciudad de México, ellos también modernizaron sus sistemas desde los 90. Comenzaron a incorporar iluminación computarizada, strobers, cabezas móviles, amplificadores más potentes (aquellos famosos “cerwin vega” y demás), e incluso efectos de sonido digitales para sus presentaciones. Hoy, un sonidero grande opera prácticamente con la misma tecnología que un concierto profesional: usan controladores digitales, memorias USB con miles de canciones, pantallas gigantes y hasta drones para tomar video en vivo de sus bailes. Sin embargo, algo entrañable es que muchos no sueltan el vinilo del todo. Aunque lleven su laptop, es común ver en sus cabinas las tornamesas clásicas, ya sea para shows o simplemente por la estética y tradición. De hecho, en años recientes ha habido un renacimiento del amor por el vinilo entre DJs mexicanos, valorando el sonido cálido y la técnica artesanal de mezclar con discos. Algunos DJs jóvenes incluso buscan tornamesas vintage y mezcladoras análogas para recrear la experiencia retro que vivieron los pioneros. En síntesis, la tecnología ha transformado la escena – haciéndola más portátil y versátil – pero la esencia sigue siendo la misma: seleccionar buena música y hacer vibrar a la audiencia, sea con un 33 RPM o con un archivo digital en la nube.






Personajes clave que marcaron la escena


A lo largo de esta historia destacan varios nombres propios, verdaderas leyendas del DJ mexicano que vale la pena conocer:

  • Guadalupe “La Socia” Reyes – Pionera sonidera (Tepito). Inició los bailes de barrio en 1965, abriendo camino para todos los sonidos. Su legado apenas comienza a ser reconocido, pues durante décadas su nombre fue olvidado en la narrativa oficial. Sin ella, quizá la cultura sonidera no existiría como la conocemos.

  • Ramón Rojo “Sonido La Changa” – Fundador en 1968 del sonidero más famoso de la Ciudad de México. Apodado “El rey de reyes” del ambiente sonidero, ha llevado su sonido de las pistas de baile de Neza hasta festivales internacionales. La Changa introdujo los saludos en vivo y estableció estándares de potencia sonora. Sorprendió a muchos cuando, en 2014, llevó la cumbia sonidera al escenario del festival de rock Vive Latino, poniendo a bailar a miles de rockeros. Hoy sigue activo, incluso participando en eventos internacionales como Primavera Sound 2020 en España.

  • Arnulfo Aguilar “Sonido Cóndor” – Fundador en 1980 del sonido que dominaría la zona norte de la ciudad. Conocido como “El Cóndor de la colonia Argentina”, su estilo imponente y su voz inconfundible lo hicieron leyenda. Sonido Cóndor ha representado a México en giras por Estados Unidos, siendo de los primeros en llevar el ambiente sonidero a las comunidades migrantes (su primer baile en Nueva York data de 1995, junto a Sonido Sonorámico. A sus más de 40 años de trayectoria, continúa activo, aunque recientemente fue noticia por enfrentarse a las autoridades al defender su derecho a tocar en la calle (un incidente de 2023 donde fue detenido durante un baile, reflejando la tensión entre la cultura popular y el gobierno local).

  • Tony Barrera (Polymarchs) – Emblema del DJ electrónico mexicano. Visionario que fusionó la fiesta de barrio con la parafernalia de concierto, popularizando el High Energy en los 80. Sus mezclas y shows crearon toda una subcultura de “polymarcheros”. Tras su trágico fallecimiento en 1998 en un accidente, su legado persiste: Polymarchs siguió bajo nuevos líderes y todavía lanza compilaciones anuales. Tony es recordado como el gran maestro de las tornamesas de México en el género electrónico, inspirando a innumerables DJs jóvenes a inicios de los 2000.

  • Roberto “Patrick Miller” Devesa – Otro pilar de la música dance. Aunque inició como DJ en fiestas privadas, fue en la década de los 80 y 90 que consolidó el movimiento Hi-NRG con su estilo único. Patrick Miller organizó las noches de “baile ochentero” más concurridas de la capital y hasta la fecha, su club (abierto cada viernes) es un santuario para amantes del Italo-disco, Hi-NRG y freestyle. Miller además produjo remixes y fomentó intercambios internacionales, trayendo a México actos extranjeros e impulsando la escena electrónica pre-rave. Se le considera un héroe de culto; su nombre artístico proviene de una canción High Energy famosa, lo que muestra su total entrega al género.

  • Otros nombres notables incluyen a Luis “El Drácula” Ortega, primer DJ de discoteca reconocido (Baby’O, Acapulco); Alfonso Ortega, que incluso llevó su talento a clubes de Nueva York en los 70; Ariel “El caballero de la salsa” Pérez, sonidero pionero en usar sonido estéreo e iluminación robotizada en los 80; Manuel “Sonido Sonorámico" actualmente Raúl López y Francisco “Sonido Pancho”, adalides de la vieja guardia sonidera; y ya en tiempos más recientes, DJs/productores como Toy Selectah o el colectivo Nortec de Tijuana, quienes a inicios de los 2000 mezclaron tradiciones locales (cumbia, norteño) con técnicas de DJ y producción electrónica para crear sonidos nuevos de exportación. Todos ellos han aportado a que la profesión de DJ en México tenga un sabor y trayectoria única.





De la calle a las redes: impacto cultural y salto a la era digital


El impacto del DJ y del sonidero en la cultura urbana mexicana ha sido profundo. En las ciudades, especialmente en el Valle de México, estas figuras moldearon costumbres, jerga y formas de convivencia. En los años 90, mientras los DJs de antro introducían en la juventud ritmos globales (house, techno, trance) en los primeros raves y clubs electrónicos, los sonideros mantenían viva la tradición tropical en colonias y pueblos, acortando la brecha generacional (en un baile sonidero bailan juntos desde chavitos hasta abuelitos al son de la cumbia). Con el tiempo, ambas escenas influyeron también en la música popular grabada: por un lado, la demanda de los DJs de club por música nueva impulsó a productores mexicanos a crear tracks electrónicos locales; por otro lado, la popularidad de la cumbia sonidera llevó a muchos grupos de cumbia y salsa a adaptar su estilo para complacer a los sonidos (por eso surgieron subgéneros como la cumbia sonidera y la cumbia andina mexicana, pensados para el baile de barrio). Incluso la forma de hablar en la ciudad recibió influencias – palabras y muletillas sonideras se volvieron coloquiales (“¡échale sabor!”, “¿sí o no mi gente?”). Los flyers y carteles chillantes de eventos sonideros llenaron las calles, creando una estética gráfica urbana propia. No cabe duda: tanto el DJ de club como el sonidero son ya personajes del imaginario urbano de México.



En las últimas dos décadas, estos movimientos han logrado trascender fronteras gracias a internet y las redes sociales. Lo que antes era underground o local, hoy puede volverse viral. Muchos sonideros adoptaron plataformas digitales para difundir su trabajo: suben videos de sus tocadas a YouTube, hacen streaming en vivo por Facebook de los bailes (así, la tía en Carolina del Norte puede “asistir” virtualmente al baile de la colonia en Puebla), y comparten memes y saludos grabados por WhatsApp. Un ejemplo reciente es el fenómeno de “Medio Metro”, un carismático bailarín que saltó a la fama bailando en las presentaciones de Sonido Pirata. Sus pasos de baile se volvieron meme en TikTok, logrando que en 2023 miles de jóvenes descubrieran el mundo sonidero por primera vez en redes.


De pronto, periódicos y programas de TV hablaban de los sonideros y sus danzantes virales, mostrando cómo un fenómeno arraigado “desde hace muchos años” en barrios de la ciudad conquistó la atención masiva. Del lado de los DJs electrónicos, las redes también han sido claves: colectivos de música electrónica mexicana difunden sets a través de SoundCloud, DJs como Mr. Pig o Jessica Audiffred (de la nueva escuela) crecen su audiencia vía Instagram y YouTube, e iniciativas como Boiler Room han filmado sesiones en Ciudad de México, presentando al mundo el talento local.


La relación entre los DJs “tradicionales” de antro y los sonideros ha pasado de la indiferencia a un creciente respeto e intercambio. Si bien en el pasado eran escenas separadas (cada quien con su público), hoy reconocen mutuamente sus aportes. DJs de música electrónica han empezado a incorporar samples de cumbia o salsa en sus mezclas, rindiendo homenaje al sabor latino. A la vez, algunos sonideros utilizan técnicas de DJ profesional (mezclas precisas, remixes en vivo) y colaboran en festivales junto a artistas de otros géneros. Una muestra de convergencia fue el evento “Sonido Gallo Negro vs. DJ Aztek 732”, donde un grupo de cumbia-sonidera psicodélica compartió escenario con un DJ hip hop, demostrando que todas las variantes pueden coexistir. Y no podemos olvidar que muchos mexicanos vivieron ambas experiencias: bailaron con Polymarchs y con La Changa, sin ver contradicción – al final, el objetivo es bailar. La cultura del DJ en México, en todas sus formas, ha enriquecido la identidad musical del país, creando puentes entre lo internacional y lo local. Así como un sonidero en Neza luce con orgullo una bandera colombiana junto a la mexicana, un DJ en un rave en Guadalajara mezcla un track de Juan Gabriel con base techno para enloquecer a la audiencia. Es esa mezcla de influencias lo que hace única a la escena mexicana.


En menos de medio siglo, México pasó de no conocer la figura del DJ, a ser cuna de un movimiento sonoro diverso y apasionante. Desde las primeras mezclas improvisadas en un club de Acapulco o en el patio de una vecindad de Tepito, hasta los megaconciertos y transmisiones en vivo de hoy, la historia del DJ mexicano es la historia de la creatividad popular frente a la música. Hemos visto cómo los primeros DJs trajeron el disco y el funk a nuestras pistas, cómo los sonideros adaptaron esas ideas al calor del barrio creando todo un folclore urbano, cómo la tecnología transformó el arte de mezclar sonidos, y cómo personajes apasionados forjaron una cultura que trasciende generaciones.

Esta rica trayectoria nos deja momentos emocionantes: imaginar a La Socia tocando con dos discos ante sus vecinos maravillados en 1965; o a Tony Barrera iluminando la Alameda con lasers al ritmo de High Energy en 1985; o el mano a mano de La Changa y Sonido Cóndor con miles de personas bailando cumbia bajo las estrellas; hasta llegar al presente, con videos sonideros acumulando millones de vistas en YouTube, y jóvenes DJs mexicanos llevando su talento a escenarios globales. Es un relato de innovación, resistencia y fiesta. Porque en México, el DJ no solo pone música: crea experiencias colectivas que han unido a la gente en la pista de baile, ya sea de mármol o de asfalto. Y mientras haya quien quiera bailar, la figura del DJ – sea detrás de una consola digital o de un par de viejas tornamesas – seguirá escribiendo nuevos capítulos en esta historia. ¡Que siga este bonito oficio Moncaneros!




Referencias bibliográficas:

  1. Pimentel, Z. (8 de marzo de 2023). “'La Socia', la mujer que inició los sonideros en México”. Telediario. Gobiernos de México. Recuperado de https://www.telediario.mx/comunidad/como-empezaron-los-sonideros-historia-de-la-socia Telediario México

  2. “La Socia: la primera sonidera en la Fonoteca Nacional - Gob MX.” (25 de mayo de 2022). Secretaría de Cultura. Gobierno de México. Recuperado de https://www.gob.mx/cultura/prensa/la-socia-la-primera-sonidera-en-la-fonoteca-nacional Gobierno de México

  3. “Sonido La Changa.” (s. f.). Wikipedia. Recuperado de https://es.wikipedia.org/wiki/Sonido_La_Changa Wikipedia

  4. “Polymarchs: La Historia del Ícono del High Energy Mexicano.” (8 de enero de 2025). Depósito Sonoro. Recuperado de https://depositosonoro.com/2025/01/08/polymarchs-la-historia-del-icono-del-high-energy-mexicano/ depositosonoro.com

  5. “Polymarchs.” (s. f.). Wikipedia. Recuperado de https://en.wikipedia.org/wiki/Polymarchs Wikipedia+1






Víctor Moncada, DJ Profesional y creador de contenido con sede en la Ciudad de Puebla, conocido por su nombre artístico "Sonido Vampiro". Víctor ha desarrollado una carrera destacada en el mundo del DJ, especializándose en eventos familiares donde promueve un ambiente seguro y divertido, libre de letras y géneros musicales inapropiados para todas las edades.


 
 

© 2022 Victor Moncada Marca Registrada 

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